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El día 3 de Abril de 2008, tuvimos el placer de asistir a la presentación del libro citado, cuyo autor es Alberto Enríquez Perea, Juan Carlos Martínez Ortega y Miguel Alcolea San Sebastián, Director y Administrador de esta página web, respectivamente. El acto fue muy emotivo e instructivo, rememorando pasajes de la historia española y especialmente del paso por iberoamérica de Miguel Hernández, nuestro poeta favorito.
A continuación nuestro amigo Aitor Larrabide, de la Fundación Miguel Hernández, nos relata el acto y los pormenores de esta magnífica obra.
CRÓNICA DE LA PRESENTACIÓN DE UN NUEVO LIBRO SOBRE MIGUEL HERNÁNDEZ
Aitor L. Larrabide
Doctor en Filología Hispánica
(Fundación Cultural Miguel Hernández)
El pasado jueves 3 de abril presentamos en la sede del Instituto de México en España, en la Embajada de México en Madrid, el libro Una voz de España en México: Miguel Hernández, de Alberto Enríquez Perea, que dirige con acierto la Capilla Alfonsina en la capital azteca, refugio de los investigadores y admiradores del gran Alfonso Reyes, publicado por la Fundación Cultural Miguel Hernández y del cual soy editor. Al acto, al que faltó el autor por motivos profesionales, estuvo presentado por la hija del escritor Max Aub, Elena Aub, el director de la Fundación Cultural Miguel Hernández, Juan José Sánchez Balaguer, y por quien pergeña estas líneas, acudieron varias personalidades, como el secretario segundo del Ateneo de Madrid y presidente de la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, Alejandro Sanz, el escritor y biógrafo de Juan Ramón Jiménez Antonio Campoamor, el editor Juan Pastor, el director del Archivo España-Rusia y profesor de Arquitectura, Carlos Flores Pazos, y el director de esta acogedora revista (Inter Nos), el amigo Juan Carlos Martínez Ortega, que tuvo la oportunidad de conversar con el responsable de la Fundación sobre el acuerdo, pendiente de firma, de colaboración entre la Entidad cultural de Orihuela y la Federación Estatal de Empleados de Notaría. Además, varias antiguas alumnas del Colegio Luis Vives de México, que se exiliaron con sus familias tras la guerra civil, recordaron sus vivencias con Emilio Prados, que trabajaba en el mismo centro educativo. Jaime del Arenal, consejero cultural de la Embajada y director del Instituto de México en España, actuó como perfecto anfitrión.
Juan José Sánchez Balaguer describió someramente algunas actividades de la Fundación que dirige, prestando especial atención a las actividades de difusión del poeta alicantino fuera de España, como en Irán, Filipinas, Rusia, Egipto, Italia, y más recientemente Cuba.
Elena Aub describió, con gran emotividad, sus vivencias mexicanas y las de su padre, uno de cuyos textos sobre Miguel Hernández publicados en México recoge Alberto Enríquez en su libro.
Por mi parte, mi pretensión, no sé si cumplida, no fue otra que apuntar los apartados del libro, que paso a mencionar.
El curioso lector podrá recorrer en este volumen (que hace el número 5 de la colección ‘Documentos’) veinticinco años de estudios dedicados a Miguel Hernández en México, recogidos en antología por Enríquez Perea. Los criterios no han sido otros que mostrar un buen ramillete de críticas variadas, desde la primera de 1940 hasta la de José Ángel Valente de 1965, que nos muestran los vaivenes lógicos de la recepción de la obra hernandiana. Luego nos detendremos en ello.
El autor ha escogido también ocho poemas del universal poeta oriolano publicados desde 1938 hasta 1955, casi todos ellos de la época de la guerra civil.
Alberto Enríquez Perea ha decidido incluir la “Ponencia colectiva”, documento suscrito por, entre otros, Miguel Hernández, resultado del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Defensa de la Cultura, celebrado en el mes de julio en Madrid y Valencia. El número VIII, de agosto de 1937, de la revista Hora de España, fue dedicado precisamente a ese importante encuentro de intelectuales. Dicho Congreso estuvo más centrado en la fuerza vital de las circunstancias que en lo literario, y en ese número ya legendario fue publicada la “Ponencia colectiva” (pp.[81]-95), leída por Arturo Serrano Plaja y suscrita por Antonio Sánchez Barbudo, Ángel Gaos, Antonio Aparicio, Arturo Souto, Emilio Prados, Eduardo Vicente, Juan Gil-Albert, José Herrera Petere, Lorenzo Varela, Miguel Prieto, Ramón Gaya, Miguel Hernández y el propio Arturo Serrano Plaja.
En el periodo que comprenden los trabajos aquí recogidos (1940-1965) la crítica hernandiana pasa por dos momentos: la etapa de difusión y la de análisis más profundo. Se dieron a la vez en las ediciones y en los estudios sobre el poeta (fuentes primarias y fuentes secundarias). En el primer caso, urgía la publicación de la obra del poeta por encima de un esfuerzo de criba erudita. Este hecho ha provocado una gran dosis de incomprensión por parte de algunos críticos hacia los trabajos de Juan Guerrero Zamora, Arturo del Hoyo, Vicente Ramos y otros estudiosos que supieron actuar con inteligencia ante unas situaciones adversas, y no de manera contemporizadora con el régimen de Franco, como insinuaron algunos de los escritores aquí congregados, casi todos ellos exiliados políticos españoles.
El límite entre la difusión y el inicio de una escrupulosa publicación y estudio de la obra hernandiana podemos situarlo en los primeros años de la década de los setenta, con excepciones, antes y después de esa fecha. Por esa década de los años setenta se produce la incorporación de Hernández al mundo universitario. Una muestra de esto es el progresivo número de tesinas y tesis doctorales que se realizan en España y fuera del país (Estados Unidos, principalmente), así como una moderada cantidad de revistas académicas que incorporan trabajos sobre el poeta oriolano.
Durante la década de los treinta la crítica española estudia poco, rápido y mal la obra editada de Miguel Hernández. Los tópicos de pastor, poeta y soldado copan el grueso de unos trabajos de extensión breve, publicados por amigos en medios alicantinos y del exilio. Hasta la guerra, el alicantino es contemplado como una firme promesa. El poeta se transforma en símbolo del intelectual o creador comprometido con la República. El homenaje y el uso propagandístico de su figura caminan juntos aunque ya hemos visto que recibió numerosas críticas. Los años más prolíficos en cuanto a materiales publicados en esta década son 1937 y 1939, claves en el desenlace de la guerra.
En los años cuarenta son los amigos de la guerra, exiliados, los que homenajean al poeta. No pretenden analizar su obra, sino rendirle un emocionado recuerdo, con visiones tópicas y también propagandísticas, especialmente en los años posteriores a su muerte. Esto dificultará la visión serena de su obra, condicionada por su trágica muerte. Los años más prolíficos en cuanto a materiales publicados en esta década son (por cantidad de referencias): 1942 (año de su muerte), 1943 y 1940. En un primer momento se creyó que fue fusilado en julio de 1939. En la presente antología Eduardo de Ontañón recuerda, en 1940, al amigo en la Valencia de 1938. El mexicano Octavio Paz, en noviembre de 1942, también rememora sus vivencias con el oriolano. José Luis Martínez, en esa misma fecha, critica los escritos hernandianos publicados durante la guerra, “ecos de las entonces más nuevas direcciones que él experimenta valientemente, aunque quizá sólo lo alejen de su verdadero lenguaje”. Más adelante, sobre Viento del pueblo, afirma que, en general, “no existen más que las intenciones circunstanciales deformadas con un lenguaje nerudiano de reciente y no segura adquisición”. Comentarios valientes e insólitos, a ocho meses escasos de la muerte del poeta español. Fedor Kelin, en 1946, destaca el compromiso de Miguel Hernández con su pueblo. En esta década podemos mencionar dos trabajos más que no han sido incluidos en esta selección pero que no añaden nada nuevo a lo ya aportado: Antonio Sánchez Barbudo y su artículo periodístico “Miguel Hernández”, en El Nacional, del 29 de noviembre de 1942; y José Herrera Petere con: “García Lorca, Miguel Hernández y Antonio Machado (Muerte y vida de la poesía española)”, recogido en el libro colectivo Retablo hispánico (México, Clavileño, pp.134-138), de 1946. A finales de 1942 Rafael Alberti publica en Buenos Aires una preciosa edición numerada de El rayo que no cesa, y en 1943, en Cuba, se celebra un homenaje al poeta que se concreta en una publicación, Homenaje a Miguel Hernández, de 48 páginas, con colaboraciones de Nicolás Guillén, Enrique Serpa, Félix Montiel, Juan Chabás, Juan Marinello, Ángel I. Augier y José Antonio Portuondo. Próximamente será reeditada en facsímil. Como vemos, existía una gran comunicación entre los exiliados.
La década de los años cincuenta se inicia con la edición de varias obras hernandianas, que incidirán en el número de estudios. En 1949 se edita en Buenos Aires, por Espasa-Calpe Argentina, El rayo que no cesa, prólogo de José Mª de Cossío, con gran repercusión, y en 1952 Obra escogida, en Madrid, por Aguilar, a cargo de Arturo del Hoyo, que no fue comprendida por los exiliados. Ya no sólo son amigos del poeta los autores de los trabajos, sino colegas y exiliados espontáneos que se comunican rápidamente las noticias que les llegan de España. Las revistas alicantinas se responsabilizaron en los años 1951 y 1952 de la difusión de tales ediciones, con Vicente Ramos y Manuel Molina a la cabeza; también el oriolano Francisco Martínez Marín. Hernández se cuela en libros generales de literatura contemporánea, sobre todo en la segunda mitad de la década. La polémica extraliteraria provocada por el folleto de Guerrero Zamora (Noticia sobre Miguel Hernández, 1951), ofrece un desilusionado panorama de la España de aquellos años, una engañosa percepción de la obra hernandiana por aquellas fechas, simple excusa de movimientos ideológicos en el régimen de Franco con un poeta en mitad de la polémica. Los estudios son generales, no muy profundos, muchos de ellos centrados en la edición ya mencionada de El rayo que no cesa, gracias al volumen de Espasa-Calpe Argentina, aunque se obvian en España los datos referidos a la guerra y a la actitud ideológica desarrollada por el poeta a lo largo de ésta. Los años 1952, 1954 y 1959 destacan por la cantidad de artículos sobre el poeta, por la publicación de ediciones y el aniversario de su muerte en 1952 (20 referencias). Los exiliados Pascual Pla y Beltrán (que utilizó también el seudónimo de Luis Carmona), Juan Rejano, Max Aub y José Pascual Buxó recuerdan al amigo y critican, despectivamente, los libros de Juan Guerrero Zamora (el ya citado de 1951 y Miguel Hernández, poeta, de 1955), así como la edición, también mencionada, de Obra escogida. Destaca Aub con unas afirmaciones curiosas, en las que las “Nanas” o “Eterna sombra” “dan a la figura de Hernández una profundidad de la que carecía, y lo plantan en medio de España”. Para llegar a dichas aseveraciones, la edición de Obra escogida, a cargo de Arturo del Hoyo, fue fundamental (además de la amistad entre los dos, Aub y Del Hoyo). Buxó reivindica Perito en lunas, en general, poemario denostado por la crítica, y Siebenmann defiende que la obra es más importante que el biografismo practicado entonces por sus colegas. También unas afirmaciones sorprendentes y muy positivas, al contrario de lo que sucedía en España, si bien las circunstancias eran muy distintas en todos los sentidos.
En los años sesenta se amplían los temas estudiados (por ejemplo, la influencia de la poesía hernandiana en la primera generación de posguerra) y la nómina de autores, con los homenajes tributados en revistas varias, tanto españolas como extranjeras (europeas, principalmente, que toman el relevo a las de América Latina). A finales de esta década empiezan los primeros intentos de organizar una bibliografía más o menos seria (Antonio Odriozola y Ángel Manuel Aguirre), reflejo de una conciencia de relevancia crítica del poeta. Priman los recuerdos de amigos y conocidos (Manuel Molina, Antonio Buero Vallejo), los resúmenes biográficos, los incipientes estudios sobre Perito en lunas (empobrecedores e injustos), y aumentan su calidad, en especial los publicados a finales de la década (un ejemplo puede ser el Dario Puccini, que abre en 1966 el debate sobre el espinoso asunto de la gestación de El rayo que no cesa con sus diversas variantes). Apenas hemos encontrado trabajos que analicen el teatro o las prosas hernandianas. Las fechas conmemorativas provocan un crecimiento de trabajos, de relativa importancia: 1968, 1960 y 1967, años con un fuerte contenido emotivo y reivindicativo. Agustí Bartra, en 1962, con la edición de Obras completas (Buenos Aires, Losada) ya en el mercado desde dos años antes, y con la tercera edición mexicana de Obra escogida también en las librerías, analiza los temas de la vida y la muerte de Cancionero y romancero de ausencias (recordemos que la primera edición de este poemario apareció en Buenos Aires en 1958) y censura firmemente Perito en lunas. José Ángel Valente, en un trabajo inicialmente publicado en España, critica el gongorismo del 27 como “bandera poco innovadora y escasamente revolucionaria”. Más adelante, sostiene que Perito en lunas es la continuación de la tradición, la “desrealización y autonomía de la forma artística”. El mimetismo impide, según Valente, “que asome la voz del poeta”. Pero los comentarios del crítico gallego no se moderan cuando se refiere a El rayo que no cesa, al contrario, defiende que se trata de “un libro perfecto en una vía muerta, sustancialmente imitativo de los más tortuosos amaneramientos de la lírica amorosa barroca”. Además, “la expresión, a fuerza de amanerada, llega a reblandecerse hasta lo cursi”. Concluye que la evolución poética de Miguel Hernández “es incompleta”. Cuando llega a comentar el poemario de guerra Viento del pueblo, Valente escribe: “se equivocará quien vea en Viento del pueblo el fruto transitorio de una situación de urgencia y no el resultado de una revelación definitiva”. Cancionero y romancero de ausencias supone, para Valente, una depuración, ya que el contenido es lo verdaderamente importante.
En estos mismos años sesenta, gracias a una ligera liberalización política, varias revistas españolas homenajean al poeta oriolano aprovechando fechas conmemorativas: 1960 (Ínsula, Cuadernos de Agora, Idealidad, etc.) y 1967 (La Estafeta Literaria). A mediados de esta década de los sesenta, miembros aperturistas del régimen franquista pretenden sellar una simbólica reconciliación de las dos Españas, con fuerte polémica en la prensa. Luis Felipe Vivanco, uno de los que apoyaban (en principio) ese espíritu abierto, escribe por esas fechas que Miguel Hernández es más suave y menos radicalizado que la imagen dada por los exiliados. Sin embargo, las opiniones sobre la obra compuesta en la guerra presentan un tono negativo, al socaire de los tiempos. Muchos críticos tuvieron que pasar ante los exiliados por colaboracionistas con el régimen franquista, incomprendidos por unos y otros, para hacer posible un estudio serio de la obra más polémica de Hernández, la que todavía conseguía reabrir viejas heridas. Aparentemente se rebajaba la carga ideológica de poemas escritos durante la guerra, pero el objeto era borrar ese calificativo de escritor “peligroso” e ir más allá de los tópicos propiciados, además de por la crítica, por elementos ortodoxos del régimen (el general Vigón, por ejemplo).
Además, la recepción de la obra hernandiana viene condicionada por dos factores: uno externo y otro interno. El primero se refiere a la situación político-social de la España del régimen de Franco. El segundo, a la propia labor desempeñada por la crítica, esto es, el mito y los tópicos creados y alentados por ella misma. El estado textual de la producción del poeta también queda englobado, implícitamente, en este segundo punto.
En los casi cuarenta años que duró el régimen franquista se contemplan varias etapas en relación con la permisividad de publicar textos de Miguel Hernández. A finales de la década de los cuarenta, en 1949, se autoriza, como ya ha sido mencionado, la importación y distribución de El rayo que no cesa. En parte, por su contenido amoroso desideologizado. Las autoridades gubernativas no hallaron problemas en esos poemas, nada susceptibles de resultar sospechosos y, por ello, salvados del lápiz rojo del censor de turno. Pero el apoyo decidido de Cossío, bien relacionado con falangistas influyentes, resultó fundamental en la empresa.
Enríquez Perea también recoge en este volumen dos muestras de los muchos poemas dedicados al poeta oriolano que se publicaron en América como homenaje a su figura: Francisco Giner de los Ríos y Juan Rejano son los seleccionados, ambos con textos aparecidos inicialmente en 1942, con una gran carga de emotividad a la que la muerte del amigo o camarada se sumaba el propio destierro de sus autores.
En definitiva, un recorrido apasionante a través de veinticinco años de recepción de la obra del más universal de los poetas de la Comunidad Valenciana, que supone el reflejo de su alta humanidad.
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